sábado, 18 de febrero de 2017

Brillando en el viento

Brillando en el viento

Para José Antonio Miranda Hernández.



Para ser honesto, ignoro cuál sea tu animal favorito. Es más, ni siquiera sé si tienes uno. La luciérnaga es un capricho mío, basado en mis observaciones, en las metáforas que sobre tu persona he hecho.

Quizás te preguntarás por qué elegí un bicho luminoso y no un mamífero con poderosas mandíbulas, o un reptil que intimida con su sola presencia. El orden en el reino, tiene poca importancia. Si bien todos forman parte de una cadena alimenticia, cada quien se desenvuelve mejor que los demás en su propio entorno y con sus propias herramientas, sus peculiaridades, lo que los vuelve únicos. 

La luciérnaga es quizás una señal de buen augurio, es una esperanza en la oscuridad, una linternilla que se mueve lento, pero permanece. A decir verdad, nunca he visto una. Tú eres lo más parecido a ellas, o al menos eso creo. 

Te voy a suplicar que antes de pedirme, en tus pensamientos, que no exagere con mis apreciaciones, trates de aceptar mis palabras. Si tú lo deseas como mera información, un regalo, un cumplido, qué sé yo. Así como tú me invitas a disfrutar y reconocer mis propios logros, así te invito yo a reconocer los tuyos. Tómalos, ¡no mames!

No sé si tú me encontraste a mí o yo a ti, lo que importa es la coincidencia. Yo te vi. En la oscuridad, como luciérnaga, flotando. Un pequeño espacio iluminado. Y sólo me senté a observar. Cómo te movías. A dónde. Cada cuánto tiempo. Aprendí a escuchar tus movimientos, los interpreté. Después fue mi turno. Me caí, no brillé, lloré. Me enojé, hice berrinche, te odié, te maldije. Casi le doy la espalda a la luz. 

Regresé y te miré de nuevo. Fijamente. Hipnotizado. Lo entendí. No querías una copia de tus movimientos. Querías que confiara, que creyera en mí, que encontrara mi forma de aletear, de volar, de flotar. Danzar en el aire, brillar en el viento.

Ya no necesito verte tan seguido. Memoricé tu ritmo y lo olvidé. Tenía que dejar espacio para el mío. De vez en cuando voy a verte y ahí sigue tu luz. Danzando en el aire, brillando en el viento.

Hola, adiós, bienvenido, hasta siempre. Ya te guardé… aquí… danzando en el aire, brillando en el viento.

Alejandro Monreal

sábado, 4 de febrero de 2017

Cambio



Por: Juan Eusebio Valdez Villalobos


Hace un año y medio aproximadamente en Francia ocurrió una masacre en un concierto de Rock. Ese día el Rock muchas veces señalado como promotor de violencia, se vio atacado por una ideología terrorista. Donde la intolerancia en la idea del otro se hizo reflejo en las balas que se incrustaron en los asistentes al evento musical. Las redes sociales (Facebook, Twitter, etc…) explotaron en una voz y con un filtro con los colores galos en nuestras fotos de perfil de Facebook, exigíamos poder decir lo que queremos, sin temor a ser oprimidos y asesinados.

Hace dos años las redes sociales explotaban indignadas por la matanza de los normalistas de Ayotzinapa. Estudiantes de origen serrano y humilde. Cuyo caso aún está abierto. El gobierno no ha podido dar carpetazo. El pueblo mexicano incluso sobrepaso su dolor mostrado en la pantalla del computador y liberó su descontento en las calles. Marchas y gritos bloquearon el tránsito de distintas ciudades. Hubo quien dijo que era el inicio de una revolución.

Francia y Ayotzinapa eran los disparadores para cambiar una realidad violenta y las reacciones facebookianas eran una señal de salud social. Al fin podíamos soñar con iniciar un cambio real ¡Mentira ¡Todo fue desapareciendo lentamente! Los fuegos de indignación que se habían iniciado, poco a poco fueron apagados por la apatía y la normalización de la violencia. El humano siempre va querer asesinar a otros, se justifica.

Este mes las redes volvieron a convulsionar. Esta vez el detonante era un video de un colegio en Monterrey, que, por respeto a las familias, no pretendo hablar de él. Pero una vez más los usuarios de internet indignados levantaban su voz a través de la pantalla. Se volvió escuchar la palabra revolución, pero ahora arrojada hacia nuestra forma de relacionarnos con nuestros hijos. Pero así, como el caso de Guerrero, poco a poco desparecieron esas vibras de cambio.

Jorge Ibargüengoitia escritor nacido en Guanajuato, dijo una vez, que el mexicano nace con un claxon de coche pegado en la mano. Dice que el mexicano tiene la fantasía de que, tocando su claxon, el coche que está en frente de él, descompuesto y humeante, mágicamente desaparezca. ¿Les suena? a mi sí.

No olvidemos las tragedias, no olvidemos el dolor que nos despiertan ver las imágenes de los atentados. No dejemos de sufrir al ver los asesinatos de nuestros compatriotas. Y toquemos ese claxon con el cual nacemos. Pero no para esperar que desaparezcan las cosas malas. Sino usemos ese ruido para propagar nuestras ideas, para unirnos, para dialogar, para trabajar. Porque eso sí. El cambio es cuestión de constancia y trabajo. El cambio no solo se debe limitar a decir que nos duele. El cambio es saber que vamos hacer con ese dolor.

martes, 31 de enero de 2017

Más ayuda el que no estorba



Por: Juan Eusebio Valdez Villalobos


En una ocasión que tuvimos que pintar la casa de mis padres, ya que las paredes se encontraban en una condición semejante al cartón mojado. La pintura convertida en proyectiles caía a pedazos sobre nuestras cabezas. Esto sin hablar de la estética, ya que la entrada, estaba tan parchada que asemejaba los horribles sacos de los profesores en las películas gringas.

Todos los integrantes del equipo de pintura nos encontrábamos en reunión como las que hacen los jugadores de futbol americano, El QB era mi carnal mayor, Neto, ya que él siempre ha dicho que es el guapo de la familia y como nadie quiere hacer bronca todo el mundo le dice que sí. El head coach era mi padre, ya que todos asumimos que en su vida ha pintado miles de bardas por la forma tan técnica de dirigirse a los utensilios y a la pintura misma, no nos hizo dudar: Dos cuartos de blanca con uno de agua para que agarre el color. Arriba con rodillo y abajo con la brocha. Esta fácil” Decía mientras movía su mano dirigiendo al equipo.

Mi hermano menor y yo éramos los novatos y como novatos tendríamos que aprender, viendo a nuestro líder, en este caso Neto. Y así, empezó el juego. A nosotros nos asignaron la pared del fondo a esa que no le entra luz, supongo que por si fallábamos en la técnica, al final nadie notaria si la pared quedaba gacha. Mi padre y el QB empezaron a pintar de un lado al otro, parecía que llevaba años con su obra maestra en la cabeza.

En cuestión de un tiempo relativamente corto, ya habían terminado sus muros respectivamente, pero estaban tan acelerados y motivados que estaban en nuestra pared asignada, y empezaron las queja: “Así no”, ¿que no viste como te enseñe? EL primero en flaquear fue mi hermano menor que a sus 11 años decidió aventar brocha y trabajo a la basura. Abandonar el campo de juego.

Yo un cuanto más terco que mi brother menor, me quede estoico, empeñado a terminar mi labor en el campo de juego. El que ya no podía con tanta lentitud y mal pintada era el head coach, que de su boca expulsó una frase que aun en mi cabeza retumba cuando me encuentro a médicos, profesores, políticos, psicólogos, cantantes etc… tratando de dar solución a problemas que no competen a su área.

“Más ayuda el que no estorba” Frase realista y cruel. En ese momento mi padre ante tal frustración de ver a su novato pintor no encontrar la forma correcta de plasmar el blanco en la pared más oscura de la casa. Supongo que tenía la misma sensación de desesperación que sentimos, cuando nuestro país pareciera ser manejado por todo menos por políticos, o cuando nuestros policías puestos para defender la justicia nacional, son los mayores obstáculos para alcanzar seguridad publica digna, o cuando vemos a médicos, psicólogos cuyas disciplinas arrojadas a la salud, parecen ser los catalizadores de otras problemáticas, muchas veces por su falta de humanidad.

¿Quién dijo que somos todos buenos para todo? A mi jamás me pagaran por pintar casas y que bueno, porque sería un robo por mi falta de interés y capacidad. Pero en cambio ser psicólogo, ayudar por medio de la palabra, la plática, del discurso y así dar información a las personas respecto a su propio desarrollo personal, se me facilita y es más me pagan por eso. Ahora imagínense, un mundo donde todos nos dedicáramos a lo que nos compete. Un mundo donde alguien nos dijo eres malo para hacer esto o aquello. Este mundo tendría menos obstáculos, menos estorbos, estaríamos más cercanos a un color gris, que nos liberara de la presión de tener que ser “Los mejores”. 

jueves, 19 de enero de 2017

Evitar una tragedia más #Monterrey



Hoy en día, los niños se encuentran en contacto con los sucesos o noticias desagradables que acontecen a su alrededor  y causan en ellos miedos, angustias o preocupaciones que aunque quisiéramos mantenerlos aislados es imposible. Los hechos ocurridos el día de ayer en Monterrey, son un hecho lamentable y que lastimó, sin duda, a propios y extraños; sin embargo lo que viene después es aún más preocupante, pues contribuye a volver más dolorosa una herida que indudablemente tardará mucho en sanar y por ende, exigirá un enorme esfuerzo por parte de las familias de las personas implicadas. Poner en circulación contenido tan explícito no solo daña y compromete la integridad de los involucrados, sino que genera morbo, miedo, y malas interpretaciones de quienes desde sus dispositivos tienen acceso a tal información. Con todo lo anterior, es fácil pensar que un adulto sepa lidiar con tan impactante suceso (aunque las redes sociales han dejado ver lo contrario), pero ¿qué pasa con los niños que tienen un celular o cualquier dispositivo con acceso a Internet? ¿Cómo lidiar, como padre de familia, con un problema de ese tamaño?

Es necesario asumir que tu hijo necesita ayuda para comprender lo que está pasando, que negar los hechos no sirve de nada, pues se corre el riesgo de que saque conclusiones erróneas. No se trata de volver el problema más grande de lo que ya es, pero tampoco se trata de minimizarlo. 

Para tratar un tema difícil, es recomendable: 

  • No encontrarte en un estado emocional inconveniente (triste, enojado, eufórico). Muéstrate tranquilo para poder transmitir un mensaje más claro y asertivo.
  • Pregúntale qué es lo que ha visto o le han contado, generalmente, la información que reciben del exterior es errónea o puede ser malinterpretada.
  • Escúchale, proporciónale contención,  pregúntale qué siente y opina al respecto. Es muy importante que se exprese y se sienta escuchado.
  • Mientras explicas un suceso, debes ser veraz, sin llegar a ser explícito.Evita mentirles, pues una mala o falsa explicación de las cosas podría generarle mayor confusión.

Como ser humano y profesional de la salud mental, comprendo mi limitación con respecto a lo sucedido en Monterrey, y desafortunadamente, los hechos terminaron ya, y terminaron muy mal. Esta lista de sugerencias es para que como padre o madre de un hijo de la misma edad, puedas tener un precedente de cómo iniciar a hacer las cosas de una manera distinta. 

Sarahí Isais.
Grupo Miranda Psicología Especializada

sábado, 31 de diciembre de 2016

En este espacio (carta a mí y a mis pacientes)




Hoy el clima es extraño; hace frío a la sombra, no quema, pero me mantiene incómodo. En este pedazo de tierra, donde estoy sentado, el ruido de la ciudad parece no tener eco, todo se siente aislado, es una pausa en el tiempo, un paréntesis en la vida, no lo sé. Lo cierto es que aquí, hay una extraña fuerza que me incita a la reflexión y al ensimismamiento. Por aquí pasan personas y dejan parte de sus vidas en forma de palabras, de gritos, de llanto, de lágrimas. En este espacio alguien deja su confianza en mis manos y se va cada día con la certeza de que su privacidad no se verá comprometida.

En este espacio no hay nada del otro mundo, todo es real. Está pensado para que el otro y yo tengamos privacidad y podamos hablarnos y escucharnos. En este espacio hay un librero viejo, con libros y adornos. Una mesa al centro y otra redonda y más vieja en el rincón sostiene un cofre que guarda chácharas y secretos. Una sala modesta sirve de soporte para mí y para mis huéspedes. En otro rincón, un juguetero policromático hace contraste con todo lo demás. Por aquí han pasado vidas, nada fuera de lo común, y sin embargo, tan valiosas, tan íntimas para quienes las viven.

Lo único extraño es un sonido procedente de la ventana, un crujido caprichoso. Por el momento, así lo he bautizado, quizás sea por la música de fondo: un laúd y un mantra chillón ambientan el lugar, no me gustan, me ponen ansioso, desesperado. El misterio de esto no se debe a la atmósfera proveniente de la música, viene de la sensación misma de estar aquí. Quizás, ese sonido caprichoso es un llamado, un recordatorio: “Aquí estás, aquí están”. No es magia, es constancia, pues en estos sillones se sienta la esperanza todos los días y ya ha permeado. El mensaje incita a no olvidar mi razón y sus razones, sus motivos, LA ESPERANZA. No se trata de la mía, es sobre la esperanza del otro. En mi caso me queda EL COMPROMISO y LA ACEPTACIÓN INCONDICIONAL, para mí mismo y para quienes me buscan.


A todos ustedes, mi más infinito agradecimiento.


ESPERANZA, COMPROMISO Y ACEPTACIÓN. Que no falten en tu vida el año que viene.





Psicólogo Alejandro Monreal

Grupo Miranda Psicología Especializada

30 de diciembre de 2016

viernes, 30 de diciembre de 2016

Las flores(Cuento)

Por: Juan Eusebio Valdez Villalobos

Basado en la canción: "Las flores" de Cafe Tacuba.

“Ven”. Era el mensaje que aparecía y desaparecía de la pequeña pantalla del celular de Rubén. Había pasado otra mañana desde que “el loco” como le decían sus amigos de la secundaria, se encontraba postrado en el sillón con la mirada clavada en la humedad del techo. Con su mano derecha sin mirar siquiera el aparato, abría y cerraba los mensajes de guats.

Los días de “el loco” se habían convertido en un asco. No solo era el hecho que el jabón y el agua no habían tocado su morena piel desde hace 4 días o el hecho de que su alimentación las ultimas semanas había consistido solo en latas de atún, acompañadas de unas gotas de limón. Limones  amarillentos que llevaban más de un mes en el cajón del refri.

Mear y regresar. Cagar y volver a sentarse. Ir por una lata y volver al sillón. Rascarse los huevos, quitarse las costas de los brazos. Entretenerse tocando su piel de cocodrilo, la que se había formado en sus codos. Dormir. Esperar el hartazgo de Claudia. La chica cuyas historias siempre lo hacían sonreír y querer escuchar más. La chica que no dejaba de mensajear.

“Déjame ver cómo es que floreces”. Susurraba el bulto del sillón mientras sus regordetes dedos pasaban por sus pelos de estropajo. La imagen de los ojos de Claudia bailaban por todo el techo. La última vez que se vieron en el parque de la colonia, ella dijo que lo amaba y el solo puso su cara de estúpido, mientras soltaba sus manos. De su boca salió una excusa tan pendeja que  cuando la recuerda vuelve la vergüenza. Recuerda  que al llegar  a su casa aun sudaba. En ese momento empezó su encierro.

El silencio de la pequeña casa era abrumador, sofocante, se podía sentir  como  oprimía el pecho. Vacío. Miedo. Los sentidos se distorsionaban desde el exterior. ¿Por qué decir te amo? “El loco” sentía que esas palabras no estaban conectadas con su esencia. Se estancaban en su garganta impidiendo la entrada de paz. Moverse, estar junto a ella, mirar sus ojos, estrechar sus manos, sentir otra ilusión, oler a Claudia. Parecía un sueño lejano.

Los días pasaban y “El loco” seguía en coma. Una siesta que ya tenía varias semanas, una siesta con los ojos abiertos y la boca cerrada.  Lunes, martes, domingo, no importaba. Las latas de atún se habían terminado. Salir o volver al sillón, dilema. Seguir con hambre o aventurarse a exhibir su cuerpo abandonado en la tienda de la esquina. Doña Doris, la viejilla chismosa, una víbora con arrugas y dentadura, de seguro diría algún insulto disfrazado de falso interés.

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Lo peor era imaginarse que cayera el sol y bajo la luz de la luna, mirar a Claudia. Temor a que los ojos de ella miraran sus ropas sucias manchadas de pescado muerto, su rostro sin descanso, su piel acartonada y áspera por la falta de baño. Pensar que esas dos estrellas de pronto proyectaran lástima, provocando que la sangre se acumulara en forma de puños  explotando contra el muro.

El bulto ya no se encontraba en el sillón. Era una sombra que camina. No podía parar, murmuraba una hipotética conversación con Claudia:

- ¿Por qué no me has llamado? Preguntará- Estoy ocupado, mucho trabajo, después te invito al cine- mentiría “el loco”. La pequeña escena daba vueltas en la cabeza del greñudo, quien no dejaba de maldecir cada que sentía a Claudia aparecer en su imaginación.

“Toc, toc”. El sonido de la puerta que obliga a Rubén a detener su auto reproche.  Furioso se dirige a la entrada. Al abrir, la luz exterior como lumbre se incrusta en su retina, impidiendo poder ver quien es la visita. Al tallar los ojos, una silueta que parece ser enorme, gigante, se postra. De ese ser lleno de luz sale sola una palabra “Corima”. Al irse el destello un personaje semejante al apache de la lotería está en la cornisa de la puerta.


“El loco” moviendo su cabeza de derecha a izquierda, cierra la puerta. Todavía aturdido por el choque de luz y  calor del sol, se dirige al sofá. Sentado, no puede recordar lo que estaba haciendo antes de que llegara el indio a su casa.  En su mente: “Corima”. Al cerrar los ojos  el sueño lo envuelve, al abrir sus ojos dos niños desnudos aparecen ante él en medio de la sala. La niña sonriendo sujeta su mano y le da un pequeño beso en la frente, el niño solo observa con su rostro impávido. Sentir los suaves labios de la niña provoca que sus parpados vuelvan a caer.

Soledad al volver al sillón. Sigue ahí la humedad del techo. La alacena aun esta vacía. Tiene hambre. Afuera ya es de noche. Extraño en la ciudad se pueden apreciar las estrellas. Se dirige al baño, después de tirar una meada frente al espejo, puede ver sus ojeras, su rostro cansado. En el reflejo hay tristeza. Llora. No por Claudia, sino por él. Llora a su ser abandonado, al despojo en el que se ha convertido.

Una intensa sensación de comezón aparece en su cabeza, como si mil patas de arañas se pasearan entres su cabellos. Decide que es tiempo de bañarse, deja salir el agua fría. Sentir el líquido en su espalda es liberador, al sentir en sus fosas nasales el olor del jabón hacen que su boca dibuje una sonrisa. Vuelve a llorar. Al cerrarse la regadera se dirige a su cuarto y se desploma en su cama. Desnudo. Al fin duerme.

Los dos niños caminan junto a él, mientras  se dirigen al principio de unas escaleras. No se ve el final. La niña sonríe y corre, dice: “Vamos a ver las estrellas”. El pequeño niño se sienta y mira a la nada. Rubén acerca su  mano y este la aleja diciendo: “No lo merezco, me he portado mal”. La niña impaciente da la espalda y decide subir. Rubén en medio de estos seres, vuelve a sudar, la respiración se corta. “Toc, toc”  llaman  a la puerta.

“Toc, toc” insisten. Tomando solo un pantalón, corre a la entrada. Esta vez el choque con la luz es menos traumático. Es el apache,  puede verlo con claridad, su piel color barro, sus arrugas como grietas debajo de sus ojos, viste una especie de pañal, trae un pañuelo sudado en su cabeza. Sonríe mientras de sus labios cortados por la falta de agua sale la palabra “Corima”. Rubén sin saber lo que debe de hacer solo repite en voz baja lo que escucha “Corima, corima”

El indio le entrega un plato de plástico cubierto con servilletas desechables y sonriendo se va. Rubén con el plato en sus manos, cierra la puerta y vuelve a entrar a la sala. Sentado, puede oler lo que contiene el plato, es mole con arroz, el cual devora sin cubiertos. Siente como sus manos  se humedecen con el guiso,  está caliente casi hirviendo, es agradable en su garganta.

Resultado de imagen para tarahumara a lapizDespués de comer, piensa en quien puede ser su visita. Tal vez se mudó una comunidad indígena aquí cerca, o a lo mejor son nuevos en la ciudad y andan pidiendo en las calles. Jamás se había preguntado cuales serían las razones de los indios que ve en la calle para pedir comida. “Corima” le dijo aquel moreno.

“El loco” había estado escondido en su casa, quien sabe cuánto tiempo, el olor era asqueroso. No lo podía soportar, así que decidido se puso a limpiar. Mientras sujetaba la escoba, el trapeador o el trapo a su mente venia la sonrisa de la niña de sus sueños, la sonrisa de Claudia. Buscó su celular, el cual se encontraba sin batería. Aparece una gran necesidad de leer los mensajes de Claudia. Al conectar y encender el dispositivo. Tuvo que esperar mientras la pantalla de mensajes cargaba, era una horrible espera. La comezón volvía aparecer, las arañas ahora caminaban por todo su cuerpo, quería correr, quería ir con Claudia, quería levantar al niño de sus sueños y llevarlo a las escaleras, quería compartir su vida con Claudia, quería agradecer al indio el mole.

Al abrir la bandeja de mensajes, aparece uno nuevo de Claudia:

Déjame ver cómo es que floreces.
Con cinco pétalos te absorberé.
Cinco sentidos que te roban solo un poco de tu ser.
Seis veces para vivirte, debajo de una misma luna.
Otras nueve pasaran para sentir que nuevas flores nacerán”

Rubén, “El loco” deja caer el celular, se dirige a la puerta, sale, siente el aire en su piel, sus piernas empiezan a moverse, en un instante está en la casa de Claudia. “Toc, toc”. Abre Claudia. Rubén sonríe, estrecha las manos de la joven y un “Te amo” sale de sus labios.  FIN
        

  

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El mejor regalo es el tiempo (reflexión)




Ya casi te veo. Corriendo de aquí para allá, tocando el claxon en los semáforos, apresurando al caracol que conduce delante de ti. En tu mente solo cruzan la infinidad de regalos pendientes por comprar, por envolver, por entregar. La cena, el pastel, las vacaciones, quizás. 

En casa, en la escuela, en el gimnasio o en la casa de un amigo, tu hijo o hija imagina la escena de la noche buena. Quizás todo esté de más: el pavo, la pasta, los adornos salen sobrando, lo único importante son los regalos. En tu mente bailan esas ideas: la sonrisa de tus hijos, el papel al ser rasgado, los gritos… los aplausos. 

¿No estás olvidando algo? Lo que importa no es la figura, sino el fondo, lo que le da contexto y valor. El regalo deja de serlo si no existe el sentimiento, la intención. El videojuego solo es eso. A su alrededor está el amor, el cariño, la impaciencia, qué sé yo. 

Hay regalos vacíos, en efecto. Date tu tiempo, detén el coche, deja de tocar el claxon. Quizás el mejor regalo no sea el que va envuelto en una caja. Tal vez, el mejor regalo sea aquello que ya no es, que se fue hace un segundo, aquello que perdiste mientras leías estas líneas: la convivencia, la intención… el tiempo.

Psicólogo Alejandro Monreal
Grupo Miranda Psicología Especializada